Maratón de Terror | «Rostros ocultos, rostros fugaces», de Andrés Velásquez (Colombia)
¿Qué sucede cuando la oscuridad deja de ser un refugio para convertirse en una amenaza y los rostros que encontramos en nuestro camino parecen conocer nuestros secretos más profundos?
En esta nueva entrega de Maratón de Terror, la revista digital Escritores Rebeldes presenta «Rostros ocultos, rostros fugaces», un cuento del escritor colombiano Andrés Velásquez, que nos transporta a una inquietante noche de Halloween en la que las fronteras entre lo conocido y lo sobrenatural comienzan a desvanecerse.
Con una atmósfera cargada de misterio, criaturas ancestrales y presencias inexplicables, el autor construye un universo donde el miedo no nace únicamente de aquello que podemos ver, sino también de lo que somos incapaces de comprender o recordar.
Una historia de terror sobrenatural que explora el poder del conocimiento, la venganza y la fragilidad de la memoria, recordándonos que algunas amenazas no necesitan mostrarse por completo para despertar nuestros temores más profundos.
¿Y si el rostro que más miedo te provoca fuera precisamente aquel que no puedes recordar?
#MaratondeTerror
ROSTROS OCULTOS, ROSTROS FUGACES
Por: Andres Velásquez (Colombia)
Correo Electrónico: aavf38@gmail.com

Dicen que, en la noche del 31 de octubre, cuando el reloj marca la medianoche exacta, el mundo sostiene la respiración por un instante.
Los perros dejan de ladrar. Las hojas se quedan quietas en las ramas. Hasta el viento parece contenerse, como si temiera despertar algo que duerme bajo la tierra.
Entonces se abre una grieta.
No en el cielo, sino en el suelo: una herida oscura, honda como un abismo. De ella no brotan llamas ni humo. Solo sale silencio. Un silencio tan profundo que quienes lo oyen sienten un peso en el pecho, aunque no sepan explicar por qué.
Él no vino de allá arriba. Vino de mucho más abajo.
Lo llaman el Tártaro: un abismo anterior al tiempo, una prisión donde encerraban aquello que el mundo no estaba preparado para comprender. Allí pasó eones. No gritó ni golpeó los muros. Se sentó a observar.
Vio estrellas nacer y apagarse. Escuchó cómo los mundos se formaban, cómo la materia se ordenaba y cómo el tiempo avanzaba sin pedir permiso. Aprendió que sus cadenas no eran de metal, sino de ignorancia; que las paredes podían desvanecerse si uno comprendía cómo estaban hechas.
Durante siglos buscó una salida. Durante milenios aprendió a construirla.
La noche del 31 de octubre, el velo se rasgó.
No hubo truenos. Solo un pensamiento que cruzó la oscuridad como una aguja. Y la prisión desapareció.
El Hechicero Loco emergió de la grieta. No llevaba espada ni antorcha. Traía algo más aterrador: el conocimiento de cómo estaba tejido el universo. Entendía las leyes que mantenían unidos los mundos y sabía doblarlas a su voluntad. No viajaba de un lugar a otro. A veces, simplemente, ya estaba allí.
Lo movía algo más complejo que el odio: la envidia. Envidiaba a los seres finitos, a quienes podían vivir, elegir y morir. Si él no podía conocer esa libertad, decidió que nadie más la tendría.
Pero no había escapado solo.
A su lado caminaba la Quimera, su compañera: un cuerpo de oso grizzly, la agilidad y la astucia de un zorro y una magia antigua que le ardía en las venas. Sus patas no hacían ruido sobre la tierra. Sus ojos dorados, atentos y quietos, parecían reconocer cosas que los humanos no podían ver.
La Quimera no necesitaba rugir. Bastaba con que apareciera al borde de un camino para que las conversaciones se apagaran. Si alguien se atrevía a acercarse, ella ya no estaba allí. Solo quedaban unas huellas que se interrumpían de pronto, como si la criatura hubiera desaparecido en medio de un paso.
Mucho antes, una criatura hecha de luz y bondad había enfrentado al Hechicero. Comprendió que destruirlo podía desgarrar la realidad misma. Así que se sacrificó para encerrarlo: entró al vacío y construyó la prisión desde dentro, con piedra sobre sombra y muro sobre silencio.
El hechicero quedó atrapado, y ella creyó que nadie descubriría el secreto de aquella jaula.
Pero él aprendió. Cada siglo fue una lección; cada milenio, una llave. Cuando por fin escapó, buscó a quien lo había encerrado.
No la encontró.
Esa noche, el Hechicero no tomó el mundo con ejércitos. No hizo falta. Apareció ante quienes sostenían el orden de las naciones y los encerró en jaulas invisibles, transparentes e impenetrables. Nadie murió. Sin embargo, algo de lo que cada persona temía quedó expuesto ante todos.
Y entonces llegaron los rostros.
Al principio, surgían en la niebla como manchas pálidas. Una cara al fondo de una calle. Otra detrás de una ventana empañada. Una tercera reflejada en el vidrio de un autobús, aunque el asiento estuviera vacío.
Nadie podía decir si eran hombres o mujeres, viejos o jóvenes. Algunos aseguraban haber reconocido a alguien querido; otros juraban que el rostro que habían visto era el suyo. Pero, al tratar de recordarlo, solo encontraban un vacío.
Los rostros no hablaban. No necesitaban hacerlo. Sabían quién eras.
Una niña que volvía a casa vio una cara inmóvil entre los árboles. Corrió hasta su puerta y llamó a su madre, temblando. Cuando le preguntaron qué había visto, no supo responder. Solo pudo decir:
—Me conocía.
En una ciudad lejana, un hombre encontró un rostro al otro lado de la ventana de su habitación. Cerró las cortinas. Cuando volvió a abrirlas, la calle estaba vacía. Pero en el espejo del pasillo, detrás de su propio reflejo, alguien sonreía.
La Quimera aparecía donde la niebla era más espesa. A veces se la veía al final de una calle; otras, reflejada en una ventana vacía. Quien parpadeaba la perdía de vista. Luego, la misma cara borrosa reaparecía en otro lugar, más cerca.
El miedo se extendió sin que nadie pudiera señalar su origen. No había una batalla que ganar ni un enemigo al que atacar. Solo una presencia que podía surgir en cualquier parte y desaparecer antes de que alguien lograra describirla.
Las personas empezaron a dejar las luces encendidas. Evitaban mirarse demasiado tiempo en los espejos. Algunas dejaron de salir al anochecer; otras ya no confiaban en los recuerdos de sus propios sueños. Cada quien esperaba que el siguiente rostro no apareciera frente a su ventana.
Entre los cautivos, el Hechicero buscaba un rostro en particular: el de la criatura de luz que lo había encerrado. Miró entre las caras aterrorizadas, entre las sombras de la niebla, tras cada ventana y cada puerta.
No apareció.
Tal vez ya no existía. Tal vez, peor aún, ya no le importaba.
Entonces decidió que todos pagarían por aquella ausencia. No porque fueran culpables, sino porque estaban allí.
Y la noche terminó en silencio. Un silencio lleno de puertas cerradas, luces encendidas y personas que no se atrevían a mirar demasiado tiempo hacia la niebla.
Algunos dicen que el miedo los venció antes que cualquier arma. Otros dejaron de dormir con las luces apagadas.
El Hechicero Loco sigue ahí, acompañado por la Quimera: en todas partes y en ninguna. Esperando a que alguien intente recordar el rostro que vio.
Porque la pregunta que nadie se atreve a hacer en voz alta sigue flotando en el aire:
¿Quién vendrá a buscarlos, si nadie puede recordar a quién debe encontrar?
AUTOR: ANDRES VELÁSQUEZ (COLOMBIA)
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Andres Velasquez – Escritor Colombiano
